Desde sus albores, la humanidad ha estado sometida a un sistema de control invisible pero tangible. El objetivo de este sistema no es subyugar a nuestra especie, sino prepararnos para la inmortalidad, o una versión inesperada de ella. Un destino deseable para algunos, pero sombrío para otros. En este escenario, un hombre común se convirtió en el sujeto de prueba. Tras un incidente aparentemente trivial, el sujeto del estudio despertó en un cuerpo ajeno, atrapado en un mundo artificial, una especie de prisión abierta. Ese mundo aparentemente simula nuestra realidad. Su tarea pasó a ser caminar hasta un lugar donde alguien deja su frugal ración de alimentos diariamente, tarea que consume todo su día. A cambio de su sustento, tiene que recrear fragmentos inconexos de su pasado, un castigo para enloquecerlo o un premio por su obediencia. La prisión está limitada a un lado por un muro recto de construcción imposible. A un lado de esa pared existe una prisión para un solo recluso; al otro lado tal vez espere la respuesta que dé sentido a todo. No está claro de qué lado está él.
“Dedicado a aquellos que se han preguntado qué hay al otro lado.”
«En todo había una amenaza y un presagio: un indicio de maldad, un presagio de fatalidad. No había pájaros, bestias ni insectos. El viento sonaba en las ramas desnudas de los árboles muertos y la hierba gris se inclinaba para susurrar su terrible secreto a la tierra, pero ningún otro sonido o movimiento rompía el terrible reposo de ese lúgubre lugar.»
Ambrose Bierce, «Un habitante de Carcosa».
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